¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

29 noviembre 2017

Algunos dicen que perderá, otros ya lo ven en Los Pinos. Y aunque Meade tiene posibilidades de ganar, no depende de sí mismo sino de lo que hagan el Frente y AMLO.

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¿Qué posibilidades tiene Meade de ganar?

Sé que algunos van a decir que me subí al mame de “hacer ruido mediático” a favor de Meade como ya lo están haciendo los medios alineados al PRI. Nada más falso, pero ahora que el PRI postuló candidato (de López Obrador he hablado mucho) creo necesario hablar de las posibilidades que tiene José Antonio Meade. 

La pregunta es difícil de responder porque todavía no conocemos la estrategia que el PRI va a utilizar para apuntalar a su candidato.

Son muchas variables las que están en juego, pero yo considero que los priístas tendrán un dilema, el cual posiblemente llegue a ser determinante:

Para que el PRI gane necesita conservar su voto duro (ese voto fiel, que está ahí, pero que cada vez es más reducido de tamaño). Si no lo hace, Meade pierde. Por otro lado, necesita ganar una porción de voto útil dado que con el puro voto duro no le alcanza. Si no lo logra obtener, también pierde.

El problema que tiene el PRI es que su candidato tiene que ser atractivo tanto para los muy priístas como para los no priístas sin que eso signifique un problema. Y eso, en efecto, es un problema. ¿Por qué?

La estrategia sensata para con el voto útil sería distanciarse del PRI a más no poder. Esto incluye su discurso, la comunicación e imagen, todo. Meade podrá argumentar que también fue Secretario de Hacienda en un gobierno del PAN y que tiene buena relación con algunos de ellos. Pero su ventaja puede ser una desventaja a la vez, porque Meade fortalece el discurso del “PRIAN” y de la “mafia del poder” de López Obrador. 

La estrategia con el voto duro consistiría en adoptar un discurso mucho más tradicional y típico. Tendría que ponerse su chaqueta roja, tomarse fotos con los simpatizantes y acarreados, abrazarlos como buen priísta. De hecho ya empezó con esa faceta al ser cobijado por la CTM y la CNOP.

No es el primer candidato del PRI que conozco que usa esa doble cara, de hecho es algo que se volvió muy usual incluso desde antes de la llegada de Enrique Peña Nieto al poder. La marca PRI atrae al voto duro y ahuyenta al voto útil. Y el problema es que al final las dos caras quedan en evidencia. Al final, aquella persona que no es priísta terminará viendo a Meade en la faceta más tradicional y rancia del PRI. Bastará verlo con su chaqueta roja, con todo el escenario y las estructuras del PRI.

Y el mismo problema se suscita si esto ocurre al revés. Si Meade trata de desligarse de la marca PRI el voto duro lo verá con mucho recelo. Incluso algunos podrán percibir esta actitud como alguna forma de traición. Muchos esperan que su candidato cumpla con las formas y con los rituales propios del PRI y es casi condición necesaria para que sea ungido. 

Uno de los pilares del éxito de su campaña es saber cómo resolver este dilema. Porque como decía Javier Tello: Meade es priísta para los no priístas y es “no priísta” para los priístas.

Pero no es el único problema que tiene el PRI. Meade es un “tecnócrata neoliberal” en una elección que será muy visceral y que estará muy dominada por las pasiones. Meade representa la continuación del sistema con todo lo que ello significa (lo bueno y lo malo) y la única respuesta que puede dar ante los problemas de corrupción que serán una constante durante la campaña es que no es militante del PRI (aunque es simpatizante de hueso colorado) y que durante su trayectoria no ha cometido actos de corrupción. Pero si bien no los ha cometido, es muy cierto que los ha dejado pasar: tal y como ocurrió con la Estafa Maestra o toda la corruptela dentro de la SEDESOL. No soy corrupto, él podrá decir, pero sí ha sido cómplice. 

Meade no es una persona muy carismática que mueva muchas pasiones. No es una persona confrontativa que se haya peleado ni discutido nunca con nadie. Ciertamente tiene una capacidad intelectual y académica mucho mayor a la de López Obrador y ello podría significarle una ventaja en los debates, pero su personalidad tan tranquila, tan de de centro (que suele funcionar más bien poco dentro del contexto en el que estamos) podría terminar boicoteándolo.

La apuesta del PRI es dispersar el voto para que todo quede entre Meade y López Obrador. Sólo en un escenario así Meade podría ganar, ellos lo saben y por eso lo nombraron su candidato. La única forma en la que Meade podría acaparar voto útil es que se muestre como la alternativa al populismo de AMLO. Es la única forma en que su perfil tecnocrático podría funcionar: que la gente prefiera un régimen, sí, corrupto y nefasto pero que al menos sepan que su economía no está en riesgo, que otro que rememore al PRI de las crisis de los años setenta, a Venezuela y a la izquierda latinoamericana. Su apuesta es que en este escenario, el temor a López Obrador sea mayor que el encono social contra el PRI. Por eso Meade habla de la esperanza y de convertir a México en potencia, porque al no poder hablar de cambio tan solo puede hablar de mirar hacia delante en lugar de “regresar al pasado”. 

Dicho todo esto, el Frente tiene el comodín en sus manos. Le podría bastar, a mi parecer, con presentar a un candidato medianamente decente como Romero Hicks o a un candidato ciudadano como Jorge Castañeda que tengan la capacidad y autoridad moral de denunciar la corrupción del gobierno saliente y que puedan enarbolar una especie de cambio para sacar al PRI de la ecuación y dejar la batalla entre el Frente y López Obrador. 

¿El PRI tiene posibilidades de ganar? Sí, pero no puedo considerarlo el favorito. El PRI es como aquel equipo de futbol en la última jornada que necesita ganar y que que otros equipos no sumen puntos para poder clasificar. El PRI no depende de sí mismo (más cuando la sombra de Peña Nieto acompañará a Meade en la boleta), depende de que el Frente no ponga a un candidato competitivo y de que López Obrador cometa errores que puedan estropear su campaña (algo que es plausible).  

La que será la campaña de Meade necesitará encontrar una fórmula muy creativa para construir a un candidato que no destaca por su carisma y que se encuentra en el dilema de ser o no ser priísta. La estrategia la entienden bien (pulverizar el voto para dejar todo entre PRI y AMLO). La ejecución, y los pequeños detalles, serán la tarea más difícil. 

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