Frente al dogma, una mente abierta

1 agosto 2017

Para poder entender mejor el mundo y tener una perspectiva más amplia, es necesario leer no sólo al pensador que nos gusta, sino también al que no nos gusta.

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Frente al dogma, una mente abierta

La otra vez estaba discutiendo con un amigo lo que había escrito en este espacio, que la corriente posmodernista (o postestructuralista), influenciada por el marxismo, estaba generando una influencia que considero negativa dentro de la sociedad occidental. Comentaba que filósofos como Michel Foucault, Jacques Derrida y psicoanalistas como Jacques Lacan le dieron, en cierto sentido, forma esta corriente; la cual, como comentaba, tiende a la irracionalidad y a la subjetividad (en eso más bien difieren con el marxismo). 

Hay quienes me dirán: entonces nunca hay que leer ni a Foucault, ni a Derrida, ni a Lacan, son unos lacayos manipuladores.

Aquí yo sugeriría frenar en seco.

¿Por qué? Porque resulta que en la filosofía no existe un bando de los buenos y otro de los malos sino distintas formas de pensamiento. Conforme uno aprende filosofía uno se va inclinando a favor de una corriente, y de esta forma simpatizará más con los filósofos que pertenecen a ella que con aquellos filósofos que son adversarios. Eso es algo natural, si le diéramos el mismo valor a todas las corrientes filosóficas nos perderíamos.

Lo que hay son distintas corrientes de pensamiento, unas surgen a raíz de otras o en contraposición con otras. Si Platón es idealista, Aristóteles entonces es realista. Gracias a esa constante lucha de pensamiento es que el ser humano ha evolucionado. 

Cuando hablamos del posmodernismo (en el amplio sentido de la palabra y que no sólo se limita a la corriente encasillada en el postestructuralismo) lo podemos entender como una reacción al modernismo: factores como un objetivismo radical (patente, sobre todo, en Estados Unidos) hasta el desencanto con el futuro,  el desencanto que producía ver que la tecnología se podía usar para crear guerras nucleares o el desencanto político que significó la guerra de Vietnam, desencadenaron el surgimiento del posmodernismo. Bajo este escenario, que coincidía con el fracaso del comunismo, es que crecieron aquellos filósofos considerados posmodernos. La izquierda (tanto la marxista como la moderada) al ver sus tesis económicas evidenciadas, buscó refugio en la cultura: desde los derechos humanos hasta la ecología. 

Algunas personas, sobre todo aquellas pertenecientes a los círculos conservadores, creen que las políticas públicas promovidas dentro de las naciones y los organismos internacionales tienen un fin necesariamente oscuro: por ejemplo, que la intención es reducir la población (convirtiendo a todos en gays). La realidad es un tanto más aburrida que las teorías de la conspiración, y las corrientes ideológicas que permean son más bien consecuencia de un eterno conflicto ideológico y filosófico. Quienes defienden determinadas corrientes ideológicas suelen impulsar o defender agendas, ciertamente entran en un juego de poder, al punto que pueden llegar a buscar el poder por el poder dejando al pensamiento como un actor secundario. Que una ideología o una corriente ideológica no tenga un fin oscuro ni sea parte de una supuesta teoría de la conspiración no implica que no pueda ser dañiña y que no se deban exhibir sus carencias. 

Es más fácil asustar a las personas con las teorías de la conspiración a esperar a que aprendan sobre filosofía y así se convenzan, como los que lanzan el grito de alerta, por qué una forma de pensamiento podría traer efectos más bien nocivos. Esto es patente dentro de las distintas corrientes ideológicas, tanto conservadoras como liberales. 

Un claro ejemplo es el marxismo. Dicha corriente ideológica no se construyó con el fin de instaurar un gobierno totalitario, no creo que a Marx le haya pasado por la cabeza la idea de un dictador represor y asesino como Stalin; pero ciertamente nos hemos dado cuenta que el pensamiento marxista aplicado en la práctica tiene una fuerte proclividad a generar gobiernos totalitarios.

¿Todo lo que escribió Marx debe ser entonces descartado? No. Primero, porque ver el mundo desde otra perspectiva (aunque no comulguemos con ella) nos puede dar una visión más amplia del mundo. Segundo, porque el hecho de que su teoría llevada a la práctica haya producido resultados funestos no significa que Marx no tenga nada que decir ni que sea totalmente inútil. Y tercero, porque conocer a Marx nos puede dar más herramientas para criticar al marxismo.

Lo mismo ocurre con los filósofos considerados como posmodernistas. Que Foucault sea uno de los artífices de una ideología que no toma la verdad ni la objetividad como piedra angular y que ve mecanismos de opresión en todas partes no me priva de valorar su argumento donde señala que la sociedad está compuesta por infinitas relaciones de poder (entre el padre y el hijo, gobernadores y gobernados, etc). Al dar por descontado todo el pensamiento de un filósofo por las carencias que podamos encontrar en algunas de sus tesis no sólo incurrimos en una falacia ad hominem, sino que también nos priva de adquirir una perspectiva más amplia y de distintos puntos de vista que alimenten nuestra sabiduría. A Derrida lo conozco menos, pero aplica el mismo argumento: su argumento de los mecanismos de opresión dentro de las categorías binarias no es del todo falso (ha existido, a través de la historia, opresión de los negros a los blancos o del hombre a la mujer), el problema viene cuando ese concepto se eleva a su máxima expresión haciendo creer que en todas las categorías binarias siempre existe un mecanismo de opresión.  

Si alguien se hubiera conformado con un panfleto que dijera “No a la ideología de género impuesta desde tal o cual lugar que busca destruir a la humanidad” se hubiera privado de conocer más aquello con lo que no comulga. Pero en vez de hacer una descalificación a priori por lo impactante del encabezado decidí tener curiosidad y entender bien a bien qué es aquello que se critica. Si indago, trato de entender a los precursores y a quienes sostienen la teoría postestructuralista podría darme cuenta, primero, de que el término “ideología de género” es un tanto tramposo y que aparte tiende a la generalización, y segundo, de las falencias específicas del postestructuralismo.

Si alguien se hubiera conformado con el argumento de “el marxismo cultural creado en la Escuela de Frankfurt para destruir a la familia”, al descontar a dicha escuela se habría privado de varios filósofos, intelectuales y pensadores que tienen algo que decir como Theodor Adorno o Erich Fromm (éste último, a pesar de su influencia marxista y freudiana, es frecuentemente citado dentro de algunos círculos católicos). Lo mismo puede ocurrir a la inversa, un ateo receloso de las religiones no tendría por qué dar por descontada a la filosofía aristotélico-tomista. El ateo podría darse cuenta que a pesar de que no cree en Dios, varias de sus creencias, ciertamente seculares, tienen un origen religioso. Después de entender eso adquirirá una perspectiva más amplia.

Si el individuo tiene la disposición y es capaz de crearse la capacidad de abrirse a aquello que no le gusta, de entender a sus adversarios ideológicos, podrá entonces generar una mayor capacidad para empatizar con el prójimo, una capacidad que escasea hoy en día tanto en el conservadurismo como en el progresismo. El individuo, contrario de lo que podría pensar, no se sentirá “tentado por cualquier cosa” ni abandonará sus ideales, pero sí entenderá mejor la postura del otro y tendrá más elementos para persuadir en vez de atacar y oprimir. Así, el contraste se llevará a cabo por medio del debate y no de la exclusión.

Allá afuera hay un montón de conocimiento, lo peor que podemos hacer es sólo encasillarnos en el que más nos gusta o nos conviene. Hasta al “enemigo” hay que leerlo, no sólo para combatirlo, sino porque en una de esas hasta le aprendes algo.

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