La izquierda mexicana al grito de Venezuela

2 Mayo 2017

A pesar de la catástrofe de la dictadura venezolana, las corrientes más sectarias de la izquierda mexicana siguen enpeñadas en defender el régimen de Maduro.

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La izquierda mexicana al grito de Venezuela

Me llama la atención que algunas corrientes de izquierda mexicanas defiendan la dictadura venezolana. Así lo hizo Gerardo Fernández Noroña en más de una ocasión e incluso visitó Venezuela para convencernos de que estábamos en el error; así lo hizo La Jornada en una publicación donde intentaba defender a la dictadura de Nicolás Maduro colocando algunos videos donde mostraba a la oposición como los violentos, los golpistas “movidos por el imperialismo estadounidense”. Así también lo hizo la Secretaria General de MORENA, Yeidckol Polevnsky, al promover un “tuitazo mundial” a favor de la República Bolivariana de Venezuela

Me llama la atención que defiendan a un régimen autoritario convertido ya en una dictadura en su amplia expresión de su palabra, y que lo hagan en el momento en que dicha dictadura ha terminado de mostrar todas sus incongruencias, que ya no se sostiene (aunque Maduro siga ampliando el salario mínimo por decreto) y que todas las evidencias apunten al fracaso del régimen socialista que se implementó con Hugo Chávez. Esa defensa es un acto tan bochornoso como haber intentado tratar de defender el éxito del comunismo en 1989 (algunos se atrevieron a hacerlo).

Cuando eso sucede, cuando se defiende a un régimen que no se puede defender desde un punto de vista empírico, cuando la realidad termina por ser demasiado obvia y la necedad de negarla sigue, entonces ya solamente podemos explicar esa necedad a través de la ideología, donde no es la razón ni la ciencia, ni siquiera el sentido común, lo que determina lo que es real; sino que es la realidad la que se tiene que ajustar a la idea, la realidad para ellos está determinada por la idea.

Es decir, la idea (esta idealización tergiversada de la justicia social adherida a un discurso anti imperialista que sobrepasa la neurosis) es la constante de la ecuación, la idea es inamovible, la variable es la realidad y está determinada por la constante (que es la idea). Si la realidad no puede amoldarse a la idea, entonces no es válida.

En un contexto donde la idea es inamovible, está prohibido decir que la Revolución Bolivariana está errada. Si la realidad dicta que dicha revolución es errónea, entonces el problema no es la revolución sino la realidad, y hay que reinterpretarla. Si Venezuela está sumida en una profunda crisis, entonces debe de ser problema del imperialismo, que la crisis debe de ser desatada desde fuera; y, por lo tanto, hay que recordarle a todo el pueblo venezolano de los programas sociales que ha recibido, aunque económicamente hayan sido insostenibles y hasta parcialmente responsables de la crisis. Así, cuando se acaben los recursos para desacreditar a quienes se oponen a la revolución hay que callarlos o hacerlos a un lado.

Esta actitud hacia la idea, donde ésta toma el papel preponderante y la realidad queda supeditada a ésta, es la que dio orígenes a los regímenes totalitarios como el comunismo soviético de Stalin y el nazismo de Hitler. En estos regímenes la ley natural no existe. Por el contrario, las leyes son dinámicas, dado que éstas tienen que ajustarse a dicha idea. Prescindir de los derechos humanos más básicos y la dignidad el individuo en favor de la idea puede entonces hacerse porque hasta eso debe de amoldarse. 

Si uno intenta debatir con este sector de la izquierda (no sin olvidar los halagos de algunos miembros del PT a Corea del Norte) responderán que somos nosotros los antidemócratas. Hablarán de los plebiscitos, de las tómbolas, de los “excesos de democracia”, mientras que dirán que la democracia liberal (que nunca la llaman como tal) es una treta del imperialismo. Buscarán confundir a sus gobernados con elementos propios de la democracia directa tergiversados y utilizados de forma conveniente a sabiendas de que el resultado ayudará a perpetuar al régimen. 

Ciertamente, hace algunos siglos se debatía si lo que hoy llamamos democracia representativa (la democracia donde el individuo elige a quienes tomarán decisiones por él) era una democracia. Incluso, al principio no se consideraba como tal (podemos tomar como referencia a los padres fundadores de Estados Unidos). La referencia era la Antigua Grecia, donde se elegían a los miembros de la asamblea mediante una tómbola o lotería de forma aleatoria y no con base en el mérito, procedimiento que quedó en desuso con el tiempo en gran medida porque muchos de los representantes no tenían la preparación ni eran los más aptos para el cargo, al punto que ni Hobbes ni Rousseau la llegaron a considerar (no hace falta recordar que MORENA utilizó este desacreditado método para elegir sus candidaturas).

La democracia representativa tenía algunos rasgos aristocráticos y otros democráticos. Por ejemplo, la libertad del individuo para votar era considerado un elemento democrático, pero el hecho de que el elector eligiera a los candidatos que pertenecen a una élite (con base en la preparación y el mérito) y que no pueden ser “cualquier ciudadano” era considerado un elemento aristocrático. Luego, fue introducido un concepto que definió a la democracia representativa como democracia, y fue el consentimiento. Es decir, cuando el ciudadano vota por un político, consciente y le da autoridad al político para que lo represente a él. El político está ahí no sólo porque fue elegido, sino porque el ciudadano le dio su consentimiento para que pudiera actuar en su nombre. El político se debe al ciudadano.

Las democracias han ido evolucionando al grado que los políticos de las democracias más avanzadas están sujetos a la rendición de cuentas “being accountable“. Si un político falla, él y su partido serán castigados en las elecciones venideras. Los regímenes populistas tanto de izquierda como de derecha distorsionan este concepto, incluso buscan aparentar que son excesivamente democráticos. Construyen un régimen económicamente insostenible, ofrecen programas sociales asistencialistas para mantener contenta a la población; y así, ostentando un nivel alto de popularidad, someten su permanencia a un plebiscito sabiendo que lo van a ganar, pero sobre todo, ganarán lo que en realidad siempre buscaron: legitimidad.

A pesar de que la dictadura como tal es palpable, que la libertad de expresión en Venezuela es cada vez más limitada, que el gobierno puede reprimir o hasta matar a los opositores a los que llama golpistas, los defensores insistirán en la gran democracia que es la Venezolana. Dirán verdades a medias y hechos convenientemente interpretados y tergiversados para legitimar al régimen con el que simpatizan: “Pues en Venezuela no hay tantos desaparecidos”, “pues tú dices que han muerto decenas en las manifestaciones en Venezuela pero no se comparan con los 120,000 muertos de Calderón”. Harán lo que insistí al principio, intentarán amoldar la realidad para que quepa en la idea.

La idea, para este sector recalcitrante de la izquierda mexicana, es la inamovible y es la verdad absoluta, todo lo demás gira alrededor de ella y por lo tanto es relativo. La realidad es relativa a la idea.

Así, así piensa ese sector, que a pesar de todas las “topadas con pared” siguen defendiendo a un régimen dictatorial que ha empobrecido a millones de personas e incluso proponen replicar la “receta del fracaso” en nuestro país. Así es la necedad cuando brinca a cualquier lógica o sentido común. Lo malo, es que esa necedad puede tener catastróficas consecuencias en la vida de miles o hasta millones de personas.    

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