¿Somos víctimas de nuestro propio entorno?

24 Abril 2017

¿Por qué la gente de las distintas ciudades es diferente? ¿Por qué unas naciones son más corruptas que otras? ¿Estamos condicionados? ¿Es nuestra culpa?

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¿Somos víctimas de nuestro propio entorno?

¿Por qué la gente de distintas ciudades son diferentes? ¿Por qué a veces nos caen mejor las personas de alguna ciudad que de otra? Son preguntas que siempre me he intentado responder. ¿La gente de cierta ciudad es más buena que otra? ¿La gente de forma voluntaria eligió ser así o es el entorno el que moldea a los individuos para que se comporten de cierta forma? ¿La gente de entidades más corruptas es más mala que de aquellas más sólidas?

Una amiga se preguntaba por qué en Zacatecas y en las ciudades pequeñas la gente suele ser más amable que en Guadalajara, mi ciudad natal. Yo fui más allá: me pregunté si acaso los zacatecanos son más buenas personas, o es que simplemente viven en una ciudad más pequeña, donde el tráfico no es un gran problema y donde el ritmo de vida es más lento.  Tal vez es el entorno el que nos hace a los tapatíos muy paranoicos, me decía yo mismo. Mi amiga me rebatía, (inspirada en el libro “El Hombre en Busca de Sentido” de Viktor Frankl) diciendo que la gente tiene la capacidad de cambiar su actitud frente a las circunstancias y que por ende no podemos decir que es el entorno, sino la actitud del individuo. 

Ciertamente, como mi amiga decía, el individuo tiene la capacidad de modificar su comportamiento ante determinada circunstancia. El caso planteado por Viktor Frankl (quien eligió ser libre dentro de un campo de concentración nazi) es un caso radical con el cual el psicólogo de origen judío se inspiró para decirle a las demás personas que su felicidad y su libertad no estaba completamente condicionada por el entorno y que podían hacer algo con respecto de ello.

A nivel individual el argumento funciona. Si quiero ayudar a que una persona cambie de actitud, le tengo que decir que tiene la capacidad de hacerlo y que no tiene que esperar a que el entorno cambie. 

Pongo un ejemplo, en mis varias visitas a la Ciudad de México me he percatado de que la gente de las clases más altas suele ser un poco más arrogante y suele presumir más de sus posesiones y marcas de ropa que las clases opulentas de Guadalajara. Los “mirreyes” son más comunes en la capital que en la perla tapatía. ¿Eso quiere decir que ellos son más “mamones” porque todos se pusieron de acuerdo para joder gente? Lo dudo. Ellos son, en gran medida, producto de su entorno. Lo cual tampoco significa que no puedan cambiar de forma individual, ni tampoco significa que no puedan modificar dicho entorno.

El argumento de que el individuo tiene la capacidad de cambiar su actitud ante determinada conducta es válido, el argumento de que el entorno condiciona de alguna manera la conducta y los hábitos de las personas también es válido. Pareciera haber aquí una contradicción, pero en realidad no la hay si entendemos lo siguiente.

1) Que un cambio de actitud requiere de un esfuerzo, de una inversión, y que la cantidad de esfuerzo que el individuo puede invertir es finita dado que el esfuerzo representa un gasto de energía, la cual también es finita. 

2) Y que la conducta del individuo parte de una base determinada por el entorno. Pero que aún así, el individuo tiene la capacidad de moverse de ahí, ahí donde el individuo tiene libre albedrío.

Tomemos el caso del nivel de estrés que el individuo padece en las distintas ciudades. Los zacatecanos no tienen niveles más bajos de estrés porque hayan, de forma voluntaria, decidido tener una mejor actitud; sino porque su ciudad tiene menos tráfico, menos contaminación, el ritmo de vida es más lento y los traslados son más cortos. Los tapatíos padecen más estrés porque las calles están más congestionadas y el ritmo de vida es más acelerado.

Un tapatío puede decidir vivir sin estrés, puede tomar técnicas de relajación, yoga, puede ir a servicios religiosos o incluso tomar medicamentos. Es decir, tiene margen de maniobra para reducir su estrés de forma voluntaria. Eso le conlleva un esfuerzo.

Pero de alguna manera, independientemente de nuestro entorno, los individuos siempre tendemos a hacer ciertos esfuerzos para mejorar nuestra calidad de vida. Imaginemos entonces que el nivel de estrés de Guadalajara es de 60% y el de Zacatecas 40% (estoy usando números arbitrarios), y que los zacatecanos y los tapatíos deciden invertir una misma cantidad de esfuerzo para reducir el estrés. Digamos que deciden hacer ejercicio, con lo cual reducen su nivel de estrés en 20%. La diferencia de estrés entre los zacatecanos y tapatíos que decidieron hacer ejercicio (ahora 40% los tapatíos y 20% los zacatecanos) sigue siendo la misma. El tapatío como individuo podrá sentirse muy bien porque los niveles de estrés bajaron considerablemente, pero aquí seguimos diciendo que los tapatíos tienen más estrés que los zacatecanos.

Si los tapatíos quisieran tener los mismos niveles de estrés que los zacatecanos, tendrían que invertir un mayor esfuerzo (traducido en más energía, y hasta más dinero invertido). El costo para los tapatíos para llegar a reducir el estrés a cierto punto es más alto que el de los zacatecanos.

Por más costo tenga un determinado esfuerzo, es menos probable que se lleve a cabo. 

De igual forma, una persona que tiene vastos recursos económicos puede sentirse libre sin ningún esfuerzo mientras que Viktor Frankl tuvo que realizar un asombroso esfuerzo mental para aspirar a la libertad dentro de un campo de concentración.

Así, yo puedo entender que el hecho de que los tapatíos sean de un modo, los capitalinos de otro y los regiomontanos de otro, no es debido a un acto completamente voluntario sino que es producto tanto de su adaptación al entorno y al condicionamiento de éste. Al final, de alguna manera todos intentan mejorar su calidad de vida y buscar cómo pueden ser más felices. 

Por eso es que no se puede actuar de la misma forma a nivel individual y a nivel colectivo. Un psicólogo que trata al individuo deberá insistir en la actitud y tal vez en sanar la psique del individuo para aspirar a un cambio. Pedirle que lea el libro de Viktor Frankl puede ser una muy buena idea.

Por su parte, un “hacedor de políticas públicas” no puede abordar el problema desde la misma perspectiva ni puede pedirle al individuo que cambie su actitud; por el contrario, las políticas públicas que implemente deberán intentar modificar el entorno de tal forma que incida positivamente en la calidad de vida de los individuos.

O por ejemplo. Si queremos acabar con el mal de la corrupción, podemos partir desde lo individual empezando a hacer cambios dentro de nosotros mismos. Pero visto desde un punto de vista colectivo tendríamos que modificar el entorno de tal forma donde elevemos el costo de ser corrupto, o donde cambiemos la narrativa social a una donde ser un buen ciudadano sea algo honorable y ser corrupto sea objeto de la más profunda vergüenza; donde logremos crear un Estado de derecho sólido y unas instituciones legítimas que motiven al individuo a ser un mejor ciudadano y que castiguen la corrupción. 

La esencia, los hábitos y los vicios de las distintas comunidades, ciudades y países, están determinados por el contexto en que se encuentran. El contexto, a su vez, es un producto de varias decisiones que se han tomado a lo largo del tiempo. Entonces podemos llegar a la conclusión de que aunque la esencia de una comunidad dada está determinada fuertemente por el entorno, los que son parte de ella sí tienen margen de maniobra y la capacidad de realizar cambios de forma paulatina.

La base de donde parte el individuo está condicionado por el entorno y el contexto, producto de decisiones que han tomado otras personas y hasta de accidentes geográficos. Pero el individuo puede, con su granito de arena, incidir para modificar su entorno y así cambiar los vicios individuales y sociales (incluso aquellos que algunos incautos atribuyen a la cultura o a los genes).

 

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