Lady Plaqueta, el acoso sexual y el marxismo

23 marzo 2017

El caso de Lady Plaqueta ha desnudado a una sociedad que desde ambas posiciones se muestra muy intolerante. Vamos a hablar del caso para entender el trasfondo.

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Lady Plaqueta, el acoso sexual y el marxismo

Seguramente ya has escuchado sobre Plaqueta, la feminista que denunció a un taxista por acosarla: el taxista le gritó guapa desde su coche mientras iba caminando. Yo de alguna forma la defendí cuando se debatía si lo que había sufrido era un acoso o no, porque yo creo que ese acto sí es una forma de acoso. Me parecía irrisorio que se justificara el acto del taxista. 

Algunos de sus más férreos opositores la criticaron porque hace varios años presumió en Twitter que el “señor Covadonga” le dijo guapa. Algunos vieron un tema de discriminación hacia el taxista, yo afirmé que no conocíamos el contexto en que se dio ese comentario que publicó Plaqueta en su Twitter como para afirmar categóricamente si hay una contradicción, y que independientemente de la contradicción en que pudo haber caído, no se justifica el acto del taxista. Si hubo un acto de discriminación se debe tratar como un caso aparte. Que exista no quita relevancia al acoso, ni viceversa (que ella haya sido acosada no justifica la discriminación si así ella lo hizo al ser selectiva) Hasta ahí todo bien.

Donde difiero de la opinión de algunas feministas y algunas férreas defensoras de Plaqueta es en esta idea de que los acosos callejeros se deben denunciar para que el “acosador” reciba una pena. Idea, por cierto, convertida en ley en la CDMX. Esto me hace entender un poco por qué muchas personas se la piensan dos veces antes de llamarse “feministas”, y cómo algunas corrientes feministas, sobre todo aquellas influenciadas por el marxismo, han desviado su lucha ante un escenario de intolerancia y donde casi conciben al hombre per sé como un represor (con excepción de quienes se consideran “feministas”). Piensan que necesariamente hay un conflicto que no se puede subsanar por medio de la persuasión, sino por medio de penas punitivas.

Gritarle guapa a una mujer es una ofensa, pero no es la autoridad la que debe fungir como policía de la moral quien por medio de penas punitivas debe decidir qué castigar y qué no. Si fuera así, entonces también tendría que castigar a quien le diga gordo a un gordo en la calle, o a quien se burle de la calvicie de otra persona. Ciertamente un grito como el del taxista es una forma de acoso, pero no todos los acosos son iguales. No es lo mismo un chiflido o un “piropo”, que un hombre que manosea a una mujer, ni mucho menos uno que trata de violarla. La gravedad en los tres casos es diferente y el papel que deben tener las leyes con respecto a los tres actos por consecuencia deben ser diferentes. No podemos equiparar un “acoso callejero” al de un “acoso sexual donde haya hostigamiento o hasta una violación”. Si bien, se trata de una forma de acoso, debemos tener cuidado de usar bien el término para no caer el riesgo de equiparar a un taxista que lanza a un piropo con un violador sexual.

Que a una mujer le griten piropos en la calle es muy incómodo, las mujeres son más vulnerables que los hombres en ese sentido y en muchos casos llegan a sentir cierta amenaza, y considerando la connotación sexual del acto considero que es un acoso. Pero una ley punitiva, además de ser muy desproporcional al tamaño del acto, corre el riesgo de castigar a quienes hacen un cumplido con otra connotación o sin el propósito de acosar a la mujer.

Como complemento al riesgo de los movimientos de ultraderecha que están surgiendo en Occidente basados en el odio, la intolerancia y la exclusión, debemos hablar también de algunos movimientos progresistas que parecen desviar causas que a prori son nobles (derechos de las minorías sexuales, derechos de la mujer) a un estado intolerante y autoritario.

Peor aún, la coexistencia de ambas corrientes les fortalece (a ambas). La radicalización del progresismo alimenta a los movimientos ultraderechistas y viceversa, cayendo en un círculo vicioso y en una espiral de odio. Por ejemplo, una mujer como Plaqueta que denuncia al taxista esperando que lo metan a la cárcel por decirle guapa, genera molestia en algunos (como sucedió en las redes), pero sobre todo en aquellos que sí tienen actitudes machistas. Entonces ellos agreden e insultan a las feministas, lo que provoca que (sobre todo las más radicales) reafirmen su postura: -Ahí está, el patriarcado existe, los hombres nos quieren reprimir- y mantienen una posición más contestataria con quienes no piensen como su grupo, no sólo con quienes sí son machistas, sino con quienes sin serlo no comparten su postura. Mientras, lo mismo ocurre del lado del otro bando.

Como decía una amiga mía, se trata del amor, las causas son buenas cuando hay amor de por medio. Lo hay cuando se quiere dignificar a la mujer y que estas no sean discriminadas por su sexo o género. Lo hay cuando se clama por los derechos de los homosexuales porque se considera que también tienen derecho a amar. El amor desaparece cuando la intención es la mera confrontación con aquel que piensa diferente, cuando se trata de una guerra o combate, cuando se trata de darles una lección a los hombres o a los que no piensan como yo, cuando se trata de castigar o castigar al que no piensa como yo en vez de debatir con él y persuadirlo de mi idea. 

Hay que alertar sobre esto, que la intolerancia no sólo se encuentra en la ultraderecha, también es visible en algunas corrientes que se denominan progresistas. Y si queremos frenar este ímpetu de poner la democracia liberal en jaque como lo quieren hacer muchos nacionalistas, debemos empezar a romper el círculo vicioso por algún lado, y podemos empezar a hacerlo por el progresismo, al cual no se le pide que abandone sus causas (equidad de género o derechos de personas con distintas preferencias sexuales) sino sus actitudes y sus formas muchas veces contradictorias e intolerantes con las cuales las buscan.

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