Hacen falta líderes en México

3 Febrero 2017

En Mexico hay muchos que quieren trabajar por un cambio. Pero hacen falta liderazgos genuinos que puedan amalgamar toda esa fuerza y esas ganas.

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Fuente: Redshift

En este mundo posmoderno, tan horizontal y tan “colaborativo” se piensa que los liderazgos ya no tienen mucho sentido. Que basta con que un grupo de personas que tienen algo en común se reúna para luchar por ciertas causas donde todos sean igual de importantes y todas las voces tengan el mismo peso.

Este mecanismo, aplaudido por unos por ser “muy democrático” comparte también los defectos de una democracia “muy excesiva”, como el hecho de que la capacidad de reacción ante alguna circunstancia pueda ser lenta y torpe porque ante cada eventualidad los miembros tienen que deliberar y ponerse de acuerdo. La falta de liderazgos también puede comprometer la cohesión del colectivo ante las diferencias que puedan existir entre los miembros, y por más numeroso sea ese colectivo, más dificultoso resulta poder mantenerlo unido sin algún liderazgo.

No estoy sugiriendo ningún liderazgo vertical al que los miembros se tengan que someter. Por el contrario, los miembros tienen que legitimar a su líder y condicionar, por medio de esa legitimidad, a dicho liderazgo. Éste tiene que representar de la forma más fiel o aproximada, los intereses del grupo o colectivo. El líder tiene que conducir, pero también tiene que escuchar y tiene que saber hacer equipo. 

Los liderazgos, se supone, deberían emerger cuando ellos hacen falta y cuando una comunidad dada no se encuentra satisfecha con el estado de las cosas.  

Dicho esto, alguien tiene que levantar la mano. En México hacen falta líderes y hay una gran insatisfacción.

Peor aún, cuando dentro de la política -de aquellos de quienes se dice están llamados a liderar a sus gobernados- el liderazgo es ausente, más apremia la necesidad del surgimiento de líderes que los pueda representar, si no por la vía formal, sí por la ciudadana. 

Ante el gran vacío de liderazgo en el gobierno actual -un claro ejemplo es el gobierno de Peña Nieto quien no parece cargar al país en hombros en el conflicto con Donald Trump- algunos han levantado la mano.

Pero no todos son líderes genuinos, algunos de ellos pretenden aprovechar la coyuntura y la ausencia de liderazgo para asumirse como líderes mesiánicos. Esto no solo ocurre desde la política sino desde la propia ciudadanía. Se trata de liderazgos que intentan capitalizar el descontento de la gente a su favor. Pero difícilmente podríamos llamarlos liderazgos porque no terminan por representar un liderazgo genuino, ellos no representan la voz del pueblo, sino que tratan de hacer que el pueblo adapte la suya propia. Ellos quieren seguidores, no formar nuevos líderes.

Ante este contexto, el de la ausencia de liderazgos y de la abundancia de oportunistas, hacen falta aquellos que representen a aquellas personas que tienen la iniciativa pero que no han terminado de articularse. No son pocos los mexicanos que quieren un cambio, ni son pocos los que quieren hacer algo, pero en muchas ocasiones no cuentan con la plataforma para que éstos puedan actuar en conjunto y en este sentido un liderazgo, uno positivo, puede amalgamar a este conjunto de ciudadanos que quieren hacer algo por su comunidad o nación, que sí existen, que son más de los que pensamos, pero que son casi invisibles al estar poco articulados.

Las organizaciones civiles son la muestra del potencial que tienen los liderazgos. A pesar de que éstas no necesariamente tengan un líder personal visible, el ser una plataforma que lucha por ciertas causas hace que mucha personas decidan colaborar y sumarse. Pero los líderes personales, que inspiren por su integridad, por sus valores y sus causas, no deben de verse como competencia de estas organizaciones. Por el contrario, por más flancos y más plataformas tenga el ciudadano a la mano, será mejor. 

Todas las revoluciones -positivas- y las más grandes causas históricas están representadas por sus líderes. Ahí estuvieron Martin Luther King o Nelson Mandela representando a los suyos, los de raza oscura, que habían sido discriminados y relegados. Fueron buenos líderes porque fueron legítimos y, sobre todo, porque dejaron un legado. Pero su liderazgo no se puede entender sin aquellos que los acompañaron, aquellos que fueron parte de su causa y lucharon, aquellos que no fueron meros seguidores, sino que inspirados en los propios líderes, ejercieron una suerte de liderazgo en los suyos.

¿Quién será el mexicano que levante la mano? ¿Quienes serán los nuevos líderes que representen las causas, esas que tanto abundan ante una realidad tan imperfecta y poco apremiante?

Lo peor que pudiéramos hacer es esperar a que eso suceda. Más bien deberíamos tener la iniciativa.

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