Tener la razón, no la verdad

4 diciembre 2016

Los seres humanos siempre queremos tener la razón. Pero en ocasiones sólo queremos buscar la verdad cuando nos conviene.

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La verdad. ¿Qué es la verdad? Ese objeto tan preciado pero tan percibido e interpretado de forma subjetiva en muchos casos. La verdad tendría, supongo, que ser aquello que es objetivo, es decir, lo que es; y no subjetivo, es decir, lo que interpretamos que es o queremos que sea. Hay veces que la damos por sentada: ¿De qué color es el sol? La gran mayoría de las personas dirán sin reparo alguno que es amarillo, pero lo es solamente desde la perspectiva de un ser humano que es capaz de percibir colores y que lo observa desde el planeta tierra. Si el ser humano sale al espacio, se percatará que el sol es de color blanco y no amarillo porque la atmósfera modifica las ondas de luz. Por su parte, un perro que posee visión monocromática lo verá de color blanco -aunque no lo determine como tal porque no entiende el concepto “blanco”-.

Tener la razón, no la verdad

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Pero independientemente de estas cuestiones, los seres humanos decimos buscar la verdad y estamos muy convencidos de ello. La religión habla de “la verdad”; el método empírico, se dice, está ahí para llegar a la verdad de una manera más fiable intentando filtrar sesgos ideológicos (lo cual no logra en todos los casos). La realidad es que el fin último de la especie humana no es buscar la verdad sino preservarse como especie. Esto incluye que el humano tiende a buscar y aceptar la verdad cuando le beneficie más que no encontrarla o ignorarla, lo cual no se da en todos los casos.

Si la fantasía -es decir, una chaqueta mental- le trae un beneficio mayor, tendera mayores posibilidades de preferirla y dejar la verdad a un lado.

Voy a poner un ejemplo tan simple como un partido de futbol en un caso que no es fácil de juzgar. Imaginemos que el Atlas y las Chivas (rivales acérrimos) llegan a la final. El Atlas gana 1-0 gracias a un gol que en realidad se debió anular porque el anotador estaba en posición adelantada por medio metro.  ¿Cuál será la reacción de los aficionados?

Gran parte de los aficionados de las Chivas estarán indignados. La mayoría de ellos hablarán del fuera de lugar y usarán ese evento como recurso para quitar legitimidad al campeonato de su rival, algunos otros incluso hablarán de conspiraciones y arreglos extra cancha. Otros pocos, sí, aceptarán que el Atlas al final ganó el campeonato de forma justa y lo reconocerán, pero serán minoría.

Mientras tanto, los aficionados del Atlas tomarán una postura diferente. Desde aquellos que dirán que no hubo un fuera de lugar hasta que vean la repetición y a los especialistas decir que sí era, o aquellos que relativizarán el hecho para legitimar el campeonato de su equipo. -Si, fue fuera de lugar, pero el árbitro es parte del juego-. -Tampoco marcó algunas faltas de las Chivas-, -A mí la jugada anterior me pareció que fue penal a favor del Atlas,  no la marcó, y los de las Chivas no hablan de ello-. Pocos dirán que no fue del todo justo.

¿Pero por qué pasa eso?

Los aficionados a un equipo lo son por un sentimiento de pertenencia y lealtad. Éste representa ciertos valores, costumbres o símbolos con los que tienen relación. Por ejemplo, el aficionado de las Chivas lo es porque sólo juegan mexicanos, porque es el “equipo del pueblo” o porque sus familiares y gente cercana le va a ese equipo.

Entonces, cuando el individuo hace un juicio sobre la final tenderá a priorizar su sentimiento de lealtad a los colores de su equipo sobre la verdad. Al aficionado a las Chivas le trae un beneficio psicológico mayor relativizar el campeonato del Atlas porque le duele ver que su equipo perdió el trofeo frente al acérrimo rival. El aficionado del Atlas, por el contrario, mientras mayor valor le dé el campeonato -implica rechazar aquello que le reste, como ese fuera de lugar- se sentirá mejor. No será hasta que pase cierto tiempo y las emociones se tranquilicen cuando tomen una postura un tanto más objetiva y aún así seguirán existiendo diferencias entre los dos bandos y su interpretación de la validez del campeonato del Atlas.

¿O ustedes han visto a alguien indignarse porque le otorgaron un penal a su propio equipo? ¿Por qué es tan común que un equipo se queje un gol mal señalado en su contra, y tan raro que lo hagan cuando se señala a favor como para que de la vuelta al mundo y la FIFA les de un reconocimiento por el “fair play“?

El experimento de la cueva de ladrones (Robbers Cave Experiment) muestra que los humanos damos preferencia, tratamos mejor, y damos más validez a los argumentos de los grupos afines sobre aquellos que son diferentes o contrarios a nosotros. 

Existen casos en los que el ser humano sí se esmera por encontrar la verdad porque le representa un beneficio. El ser humano suele ser más racional cuando, por ejemplo, va a hacer una compra que implique mucho dinero. Por ejemplo, si el individuo compra un automóvil, lo más probable es que pregunte por sus características, compare entre varios modelos y así tome una decisión. El costo por ser irracional es muy alto. Serlo puede implicar una pérdida económica.

Lo contrario sucede cuando el individuo va a votar. ¿Qué le ocurrirá a un individuo si vota por un mal candidato? En realidad nada, porque para que su voto haga diferencia necesitará que el candidato gane por un sólo voto, el suyo. Como el votante sabe que su voto es uno entre varios cientos de miles o millones, entonces no tiene muchos incentivos para usar la razón y si tiene más para ejercer su voto en favor de un sentimiento de lealtad o pertenencia.

¿Cuántas personas analizan realmente los programas de los candidatos y hacen una elección? En realidad son pocas. Muchos, incluso de entre quienes se dicen estar informados, suelen votar porque el candidato es afín a su corriente ideológica favorita porque tienen un sentimiento de pertenencia con ella. El individuo religioso que va a misa, quien acude con un sacerdote para que sea su guía espiritual, tenderá a votar conservador. En cambio, un joven que tiene amigos en la comunidad LGBT a quien le gusta estar en contra de la corriente, tenderá a votar liberal. El conservador tiene un sentimiento de lealtad con instituciones conservadoras, mientras que el liberal con aquellas liberales.

Puede ser que algunas propuestas del candidato conservador o las del candidato liberal no tengan mucho fundamento, pero en la mayoría de los casos no serán suficiente razón para que el sujeto cambie el sentido de su voto, -especialmente cuando su simpatía por alguna corriente o partido sea notoria- aunque en la práctica y de forma racional podamos determinar que las propuestas del otro candidato traerán mayores beneficios para la sociedad.

El experimento Asch demuestra que el ser humano puede negar aquello que es evidente con tal de no sentirse excluido.

Muchos católicos estadounidenses votaron por Donald Trump porque la agenda dentro de algunas instituciones católicas hace énfasis en rechazar el aborto o los matrimonios del mismo sexo. Lo hicieron sin reparar que Donald Trump -en vez de Hillary, quien es pro aborto- ha acosado sexualmente a mujeres y sus políticas favorecen el racismo y la discriminación; y peor aún, sin tomar en cuenta tampoco que la postura de Trump frente al aborto es convenenciera. Trump antes fue liberal y cambió su postura para ganarse al electorado conservador estadounidense.

¿Qué pasará si el conservador vota en favor de Hillary, pro abortista? Posiblemente sentirá que ha traicionado a las instituciones conservadoras de las cual forma parte, o tendrá miedo de enfrentar las críticas de aquellas personas miembros de instituciones -sean familiares o formales- a las que pertenece. Votar por Trump evitará todo eso, mientras que la alternativa representa sólo 1 voto en un millón, lo cual no le trae beneficio personal alguno. Esta persona, por lo tanto, se convencerá de que Hillary es peor, relativizará los defectos de Trump y maximizará sus virtudes. Pierde más si vota por Hillary -aunque objetivamente haya sido mejor candidata, por un decir- que por Trump.

Si a un individuo relativamente informado se le diera la capacidad de decidir quien será presidente con solo su voto, su elección tendería a ser más racional y se tomaría más en serio cómo el candidato fundamenta sus políticas públicas propuestas. Incluso podría consultar a expertos en diversos temas que le ayuden a tomar una decisión más fundamentada, porque de hacer una mala elección se sentiría muy responsable, no sólo porque dichas políticas le perjudiquen, sino por el juicio que la sociedad -que le entregó su derecho, a cambio de que él solo pudiera hacer la elección- haría de él.

Pero ese sesgo, o “irracionalidad racional” como lo llama Bryan Caplan -autor de “El Mito del Votante Racional”- no es exclusivo de los conservadores. Por ejemplo, los progresistas están a favor de aumentar salarios mínimos por decreto porque esa política pública se alinea con su creencia en la justicia social. Cuando algún economista le diga que subir salarios desincentivará la creación de empleos, lo tachará de vendido, iluso o cerdo capitalista. Pero cuando el mismo progresista vaya a buscar trabajo -para lo cual será más racional-, no usará el mismo criterio. El progresista no pondrá un sueldo esperado muy alto en el currículum porque sabe que si lo hace, las posibilidades de que lo contraten serán menores. En vez de eso, procurará poner un sueldo esperado cercano a lo que ofrece el mercado de acuerdo a sus capacidades.

El Mito del Votante Racional: Por qué las democracias prefieren las malas políticas- Bryan Caplan

El Mito del Votante Racional: Por qué las democracias prefieren las malas políticas- Bryan Caplan

Cuando el progresista -o conservador- vaya a votar, no le importará mucho ser irracional, porque serlo no perjudicará a su persona (un voto de millones), pero cuando tenga que tomar una decisión que pueda afectar su vida tratará de ser lo más racional posible, porque si erra, tendrá que enfrentar las consecuencias.

Para que el individuo se percate de ello -que su elección no es la mejor para el propósito original- la verdad tendrá que ser demasiado evidente -que se filtre un video de los directivos del Atlas pagándole al árbitro, o que Trump proponga una política donde se permita explícitamente a los hombres abusar sexualmente de mujeres- para cambiar de postura, y aún así, las posibilidades de que erre no desaparecerán.

Eso no significa que no que haya quienes -sobre todo aquellos muy informados- razonen lo mejor posible su voto, ni quienes sean irracionales cuando el costo por serlo sea muy alto, como quienes rechazan la medicina para curar un problema de cáncer para favorecer su falaz creencia de que la homeopatía o los productos naturales funcionan mejor. Hay quienes están netamente convencidos de la búsqueda de la verdad que en algunos casos pueden pagar el precio, o quienes, por el fanatismo o el dogma, puedan tomar decisiones que vayan en contra de su integridad y lo paguen caro. Pero estos casos suelen ser excepción y no regla.

Según el “sesgo de autoservicio” el ser humano suele atribuirse sus logros como propios. En cambio, cuando fracasa, tiende a echar la culpa a factores externos. 

Pueden existir algunas contadas ocasiones donde desde una perspectiva racional -valga la pena la aparente contradicción- ignorar la verdad será más benéfico que aceptarla y conocerla. Para este caso traigo a colación un capítulo de los Simpsons donde Lisa descubre que Jeremiah Springfield, padre y fundador de la ciudad del mismo nombre donde se desarrolla la serie, era un impostor. Lisa intentó comunicar la verdad a su comunidad, y cuando tuvo la oportunidad de hacerlo frente a miles de personas se retractó, ¿por qué?

Lisa, sabiendo que la leyenda de Jeremiah Springfield daba un sentimiento de identidad a su ciudad, determinó que el costo por conocer la verdad -perder parte de la identidad de su ciudad- era mayor que el beneficio de conocerla -que sólo implica el conocimiento de dicha verdad-. De igual forma ocurre cuando se decide no decirle a un enfermo las probabilidades que tiene de morir. Si a un paciente se le dice que lo más probable es que muera, posiblemente adquiera una actitud más negativa, actitud que aumentará aún más dichas probabilidades.

Si bien, se dice que el hombre se diferencia de los demás animales para el uso de la razón -y también, a diferencia de los animales, es capaz de fabricar chaquetas mentales- no significa que sea racional en todos los casos. En realidad debe de decirse que el hombre posee más capacidades cognitivas que las demás especies – es necesario tener dichas capacidades para tener la razón o inventar historias con el fin de evadirla- . La mayoría de los animales actúan por instinto, y existen aquellos que sí tienen capacidades cognitivas que incluso incluyen lenguaje -como los monos o los delfines- pero son bastante más limitadas que las nuestras.

No es que seamos intelectualmente deshonestos, es que la búsqueda de la verdad parece no ser el último fin de nuestra especie, sino preservar a ésta última.

Personas que dirán que escribí esto no para honrar a la verdad sino para beneficiarme en 3…2…1…

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