Trump es nuestra culpa

21 septiembre 2016

Donald Trump no existe solamente por su habilidad de mentir y engañar a la gente, sino porque a Occidente se le ha olvidado pensar en su gente.

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Todo aquello que existe tiende a la entropía, nada es estático, ni siquiera las doctrinas de orden y social que consideramos “más nobles”. Los occidentales nos hemos decantado por la democracia liberal después de ver que las demás corrientes ideológicas tales como el marxismo o el fascismo fracasaron en su implementación. Que hayamos considerado a la democracia liberal la menos peor de las opciones no significa que sea perfecta, y los hechos actuales nos lo están demostrando.

Trump es nuestra culpa

Y no porque la teoría que sostiene a esta doctrina sea endeble, sino porque creíamos que se trataba de ponerle play y sentarse en el sillón para ver correr la cinta.

Brexits, Donald Trump, las ultraderechas e izquierdas extremas en el mundo son producto de una democracia liberal que no fue perfeccionada ni re-encausada. Los teóricos de las doctrinas del mercado nos dijeron que no nos teníamos que preocupar por la desigualdad; que combatirla crearía distorsiones en el mercado; que el mercado libre iba a incentivar a las empresas a desarrollar mejores productos y más innovación. El argumento esgrimido no es del todo falso, pero tampoco fue una verdad absoluta.

Es una paradoja que en esos países acusados de imperialistas por sus pares del tercer mundo es donde ha crecido este descontento. Mientras los demagogos en México nos insistieron en que el TLC fue un error, y que fue un tratado para que “los gringos nos explotaran”, los de allá, los demagogos naranjas del país norteamericano, maldicen el TLC porque se han llevado los empleos al país de donde llegan los violadores, secuestradores, y flojos que se duermen bajo un nopal.

Tal vez Occidente debió preocuparse un poco más por la desigualdad. El welfare state (estado de bienestar) fue creado, en gran medida, por los partidos conservadores de Europa para contrarrestar la tentación comunista. Ahora que la tentación ha sido neutralizada de sobra, en conjunto con el descenso poblacional que hace más costosas las pensiones, los mecanismos de redistribución de riqueza se han reducido, y la izquierda, quien ha adoptado el modelo del welfare state como suyo, se ha quedado sin un discurso sólido.

Aquellos países desiguales que nunca han ostentado una clase media de tamaño considerable han sido menos insistentes. Los muy pobres no suelen participar activamente en cuestiones políticas porque suelen estar más preocupados por sus necesidades básicas y tienen menor capacidad de organización. Pero los países donde las clases medias -aquellas que son las causantes de todos los cambios políticos y revoluciones- sienten que ni sus ingresos ni bienestar aumenta sino que se estanca y disminuye, son más proclives a esperar una reacción hacia el gobierno y el status quo.

Y son esas, las clases medias empobrecidas, las que se han convertido en la base electoral de Donald Trump. El magnate además no se olvida de culpar a los migrantes de todas las tragedias nacionales: el terrorismo, el desempleo.

Para muchos de nosotros queda claro que las propuestas de Donald Trump no tienen fundamento, de hecho seguramente traerán más problemas de los que existen actualmente. Pero ante la incapacidad de quienes cargan la bandera de la democracia liberal de enmendar los errores producto del desgaste de un sistema que al final ha terminando beneficiando a un grupo reducido de la población, han sucumbido en el discurso ante los demagogos.

Ahí está la campaña en Estados Unidos. Según las encuestas todavía va ganando Hillary Clinton, pero Donald Trump lleva la batuta. Él, a diferencia de Hillary -cuyo discurso parece inocuo ante el contexto actual- depende de sí mismo, depende de sus aciertos y sus errores, o de la forma en que aprovecha los errores -o desmayos- de la contrincante. Donald Trump ha ganado el discurso, se ha impuesto, y por más tramposo y mentiroso sea o parezca éste, la desesperación de muchos estadounidenses, quienes no cuentan en su mayoría con la suficiente educación, los lleva a decantarse con el demagogo de Nueva York. Cualquier cambio, piensan, es mejor al estado actual de las cosas, donde muchos pierden sus empleos porque las empresas migran, o son contagiados por el miedo ante la noticia de una bomba o un atentado terrorista.

El ejercicio no sólo debería de consistir en advertir los rasgos demagógicos del magnate ni invitar a las estrellas de Hollywood a invitar a votar contra él. Se trata de entender por qué es que llegó ahí y por qué es fuerte. El ejercicio debería ser más bien uno de autocrítica, de revisar las doctrinas ideológicas y económicas, y entender por qué no están funcionando el todo bien.

Tal vez eviten que Trump llegue a la presidencia. Pero si el contexto no cambia, lo inevitable podrá suceder en 4 años o menos. La moneda está en el aire: ¿cómo traer prosperidad y desarrollo de tal forma que sean más quienes se beneficien de ello? Es un pregunta muy difícil de contestar, pero debe de contestarse.

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