El problema con los güaruras

20 marzo 2016

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Primero fue Arne Aus Den Ruthen, quien tras su labor de City Manager con el Periscope, fue levantado y agredido por los güaruras de un conocido empresario. Luego, fue el conductor de una camioneta blanca quien fue agredido por el güarura de Alberto Sentíes Palacio, quien conducía un Ferrari. Aquél aparecería muerto en un hotel, se presume que a causa de un ataque cardíaco, dejando una carta escrita a mano donde afirma que agredió severamente al conductor debido a órdenes de su patrón Sentíes.

El problema con los güaruras

Uno puede entender que los políticos y empresarios prominentes tengan personal de seguridad que proteja su integridad. Un político por ejemplo, tiene mayores posibilidades de morir que una persona promedio (y eso las agencias de seguros lo saben), debido a que su profesión está estrechamente relacionada con el poder, y cuando se trata de poder, el hombre puede convertirse en cualquier cosa. Un empresario prominente tiene mucho dinero, corre con mayor riesgo de ser secuestrado que una persona promedio.

Desde ese punto de vista es comprensible que este tipo de personajes contraten personal de seguridad. Pero es eso, personal de seguridad, cuya misión es salvaguardar su integridad. Para muchos, el papel del güarura no es sólo ese, sino que es más bien una extensión de su poder, una forma de ejercerlo a través de una tercera persona; con lo cual recibirá menos repercusiones y amplificará su poder sobre los demás.

Son aquellos políticos, empresarios, en su mayoría, cercanos al poder político, o bien, hijos de ellos, y que se educaron creyendo que merecían estar por encima de los demás por su linaje o sus contactos. Poco respetuosos del Estado de derecho, lejanos de la gente, que no viajan al centro porque ahí hay mucho naco y ñero, que no caminan más que en la banda del gym exclusivo, que sólo se paran en un puesto de tacos para ganar votos, o se suben al metro para darse baños de pueblo, al tiempo que 5 güaruras lo rodean por si a algún “común y corriente” se le ocurre mentarle la madre, – Ponle un madrazo a ese, a ese otro también; un buen putazo en la cara.

Quien haya contratado a un “güarura”, tiene mayores posibilidades de infringir la ley sin recibir pena alguna. El güarura puede ser detenido por ser el autor material de un delito menor; lo más probable no declaren en contra de su jefe, porque éste último, por su parte, los compensará. Su patrón pagará la fianza, o “moverá influencias” para que su personal de confianza no sea castigado. Es decir, el güarura recibirá una pena considerablemente menor (o tal vez ni la reciba) si comete un delito porque es orden de su jefe, a que si éste comete un delito por decisión propia.

Los güaruras no sólo protegen a la gente poderosa de los criminales y de los diversos peligros a los que pueden estar sujetos en la vía pública. Sino que los “blindan” del ciudadano común. Es decir, los ayudan a “no estar en contacto” con los “comunes y corrientes” para de esta forma poder afirmar su poder y su superioridad ante los demás. Si la persona de poder tiene una discusión con un ciudadano por cierto incidente vial, ahí está el güarura para “ponerle una buena madriza”. Si es criticado o insultado en la calle, ahí está el güarura para que le haga justicia; si no le dan un buen servicio (aunque en la mayoría de los casos, la gente de poder, terceriza este tipo de actividades), ahí está el güarura “para que se haga cargo”: Si la sopa del restaurant está fría y no se la quieren reembolsar, si el “hijo del señor” quiere ir a saludar a Bono en un concierto de U2, si es un problema estacionarse en doble fila para dejar a los niños en la escuela: Ahí está el “güarura”.

Ahí están ellos, fieles porque su amo les ha dado una pizca de poder. Porque tienen el permiso de hacer lo que posiblemente no harían por su propio pie, pueden ser arrogantes como sus “señores” y sentir que por algún momento se encuentran en una posición social más alta a la que en realidad pertenecen. Cuando su “señor” les pide que le pongan en la madre al sujeto que les sacó el dedo por la ventana, gozan cada golpe, cada hueso roto, es poder, sienten el poder. Un poder ficticio y falaz que acaba en el momento del fin del contrato, o al tiempo en que “el señor” prescinde de ellos.

Y ya después, se dan cuenta que se parecían más a aquellos que “madreaban” que a su amo, simplemente fueron un arma que podía utilizarse bajo el capricho de su “patrón”.

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