La Volkswagen, y mi vochito contaminaba más de lo que pensaba

23 septiembre 2015

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Me desperté con la noticia de que mi vochito contaminaba más de lo que creía. Los de la Volkswagen me engañaron. Yo que tenía a los alemanes en un gran concepto, muy rectos, muy trabajadores, muy ordenados y muy respetuosos de las instituciones; con todo y el pasado nazi de la marca.

La Volkswagen, y mi vochito contaminaba más de lo que pensaba m07-bg-image

Después de darme cuenta como es que mi “escarabajo” contaminaba de más, las acciones de la Volkswagen se desplomaron y el CEO de la empresa renunció.

¿Qué hubiera pasado si ese vergonzoso escándalo lo hubiera protagonizado una marca mexicana? Imagínense, enterarnos que Telcel “falsea” los minutos que usamos quienes hacemos llamadas por esa empresa telefónica. No sólo no pasaría nada, más bien no nos sorprendería que eso no ocurriera e incluso ocurre.

Si el escándalo de la Volkswagen fue eso: un escándalo, en gran parte así fue porque los consumidores esperan que esa empresa, asentada en un país donde la corrupción es muy poco tolerada, sea congruente y tenga cierto espíritu de ética. Lo que más llama la atención no es que hayan falseado pruebas de emisiones contaminantes (con su prejuicio respectivo al medio ambiente) sino que quien incurrió en ese acto fue una empresa alemana, de gran reputación.

Eso es lo que ocurre cuando una nación (y la sociedad que la integra) tiene instituciones fuertes y la corrupción no se tolera, quien se “sale del huacal” es castigado. La bolsa de valores castigó, la marca será castigada y tendrá que pasar un tiempo para que los daños al branding sean reparados (posiblemente hagan campañas medioambientales), y el CEO tuvo que renunciar.

En un país como México cuando eso sucede no ocurre mucho, o no ocurre nada. Y no hablo en específico del Gobierno a quienes podríamos dar por sentados en este ejemplo (además que un Gobierno por sus características puede ser más opaco que la iniciativa privada), sino de las mismas empresas mexicanas.

Los alemanes son una sociedad con una autoestima colectiva muy alta, a pesar de los fracasos históricos (sobre todo en las guerras del siglo XX) han resurgido de las cenizas para volverse la nación más fuerte de Europa. Perfecta no es, pero los alemanes se sienten orgullosos de serlo, por eso se respetan y respetan las reglas que ellos mismos se han creado. Tanto que los extranjeros esperan que sus empresas globales sean congruentes con ese “contrato social”.

Como nosotros no nos sentimos orgullosos de nuestro país (y por eso creemos que sólo hay que festejar a nuestro país cuando está bien), entonces es más fácil pasar por encima de él y de sus instituciones endebles. Eso aunque se maneje un doble discurso donde algún empresario haga un museo aquí y un homenaje acá y acullá o coloquen banderitas en septiembre.

Los alemanes al ser derrotados no dejaron de querer a su país (una autoestima alta implica saber quererse en los momentos más difíciles), por más fueran dolorosas las derrotas, por más humillante fuera el Tratado de Versalles, por mas fueran divididos por un muro e intervenidos tanto por Estados Unidos como por la Unión Soviética.

Si nos quisiéramos más como nación, si de verdad amáramos a México, cualquier empresa que incurriera en un escándalo similar sería sancionada por su sociedad como ocurrió con Volkswagen. Porque al igual que ocurre con los individuos, un país que se quiere, se respeta y se da a respetar. Pero no nos queremos y nos faltamos al respeto.

Y como una nación con problemas de autoaceptación, festejamos irracionalmente cuando las cosas parecen estar bien y cuando no, consideramos no merecer nada, no hay que honrar a la patria porque “me dueles México” y por “culpa de Peña Nieto”.

Mientras Telcel me seguirá cobrando tarifas abusivas…

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