Gente ordinaria

7 septiembre 2014

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Camino por la Gran Plaza y me paseo por los puestos de comida rápida del último piso. Observo a toda la gente y me pregunto, de todas esas personas ¿Cuántas tendrán una historia para contar? En medio de una multitud pareciera que la gente es más o menos igual, lo cual no tiene por qué ser cierto. Tal vez esa persona que estaba formada en el puesto de las tortas por la que no apostarías mucho podría platicar contigo y contarte historias de vida intrigantes. O por el contrario, tal vez aquella mujer que tu calificas atractiva no pasará de hablarte de su día en el antro, sus múltiples galanes y itinerario de compras.

Gente ordinaria

Siendo honestos, se me dificulta entretenerme en una fiesta cuando el tema central son los sucesos de la otra fiesta (a menos que haya pasado algo extraordinario) mientras que en esa otra fiesta se habló de la otra y así consecutivamente. Con excepción de las personas que tienen la habilidad de contar historias muy cotidianas con un estilo muy propio y jacarandoso, esos temas me aburren y termino encerrándome en mi cerebro. Mi carácter introvertido me da esa capacidad. Mi pregunta es, ¿Por qué no hacemos de nuestras vidas algo más que lo común? No pretendo sugerir que en una fiesta, las personas tomen un rol intelectualoide. A veces esas conversaciones filosóficas terminan siendo densas, y tal vez alguna fiesta cuyo objetivo es relajarse no va (bueno, con unos vinos encima ya tiene más sentido), y tal vez conversaciones algo más mundanas pueden aplicar. Pero las personas que han decidido hacer de su vida algo extraordinario lo denotan hasta en las conversaciones más absurdas y cotidianas.

Y con esto no quiero sugerir que yo sea un hombre extraordinario, más bien anhelo serlo.

Formas de ser alguien extraordinario hay muchas, y no necesariamente me refiero con “extraordinario” a aquellos que son vistos como los que destacan sobre los demás y son aplaudidos por ello. Me refiero a hacer una vida que no esté limitada por los cánones que la sociedad nos impone, ni mucho menos por los que nosotros nos imponemos. Posiblemente logremos ser extraordinarios, pasemos inadvertidos y no gocemos de fama, pero seremos capaces de crear cambios e influir sobre la naturaleza de las cosas. En cambio hay gente famosa que es ordinaria, gente a la cual consideran incluso una celebridad cuya opinión es considerada importante aunque desconozcan profundamente sobre el tema que se les cuestiona.

Posiblemente es parte de la naturaleza humana que existan muchos hombres ordinarios y pocos extraordinarios. El hombre extraordinario rompe con el sistema, lo pone en jaque y agrega cambios; el ordinario forma parte y se adapta. Tal vez si existieran muchos hombres extraordinarios, serían tantas personas que desafían al sistema que no podría crearse alguno nuevo o mantener uno estable. Aunque en la sociedad en la que vivo, en el país en el que vivo, hay un déficit de personas extraordinarias. Incluso quienes tienen potencial para serlo terminan en el papel de una persona ordinaria, o viceversa, una persona ordinaria toma el papel de una persona extraordinaria y ni siquiera se esmera por tratar de ser esto último.

Y es que vida sólo hay una, y sería lamentable que en ella decidiéramos no hacer nada y camuflajearnos en la gran masa.

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