El doble gobierno del Distrito Federal

24 junio 2014

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El Distrito Federal es una ciudad que me gusta mucho. Es una ciudad bonita, que tal vez evoque un poco más a caos que a orden (cosa que se repite en las grandes urbes de México) pero que tiene ese encanto. Posiblemente junto con Guadalajara (por sus tradiciones) logra reflejar lo mexicano de una forma concreta, para bien o para mal.

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Nuestra tradición centralista ha hecho que la capital sea el punto neurálgico del país. Incluso muchas de las tendencias surgen de la capital para replicarse a las demás ciudades, a pesar de un incipiente crecimiento del federalismo que siempre ha quedado en la retórica. Y como creadora de tendencias, en el Distrito Federal han tratado de crear una nueva forma de gobernar. La izquierda ha logrado salir de las buenas intenciones para gobernar al Distrito Federal y se ha tratado de mostrar como innovadora. Pero al final termina cayendo en una contradicción, heredera de los conflictos y debates sobre las corrientes que se deben de seguir. Algo así como esas discusiones de La Región más Transparente de Carlos Fuentes donde se discutía si se debía mirar a Europa, a Estados Unidos o a nuestras tradiciones.

El gobierno del PRD ha intentado ser innovador. Pero no pueden negar, tal vez sí en la retórica, pero no en la práctica, sus orígenes priístas. Entonces han creado una suerte de doble gobierno, de dos corrientes que son como el agua y el aceite, pero que han logrado de alguna manera mezclar en las apariencias. Ese europeísmo progresista se conjuga con el priísmo paternalista. Una ciudad que puede parecer Amsterdam y al otro día una zona marginal del Estado de México.

En los gobiernos del PRD se ha logrado una mayor convivencia a nivel calle, han logrado implementar formas sustentables de transporte en una ciudad que las pésimas políticas públicas por décadas la convirtieron en un caos. Ecobici es un éxito, donde muchos ciudadanos optan por usar este medio para transportarse. En muchos puntos, la capital está en la vanguardia. Pero bajo ese mismo gobierno, vemos al mismo tiempo, las políticas clientelares heredadas del PRI, el comercio informal a quienes cobran derecho de piso, e incluso los vendedores de piratería dentro de los vagones del Metro a quienes más que sancionar, parecerían fomentar.

El gobierno de la capital se queda en medio de estas dos corrientes. Por un lado pareciera que trata de equiparar a sus gobernados, al menos en temas sociales, con los países europeos de primer mundo, pero por otro lado parecería que su necesidad de conservar el poder hace que no puedan desprenderse de eso, eso que le ha hecho tanto daño a México: El paternalismo. Un mal del cual echan mano personajes supuestamente antagónicos como López Obrador y Enrique Peña Nieto.

Así como se habla del derecho de la minorías, también se puede hablar de la corrupción dentro de la policía. Así como se habla de transporte sustentable, también se puede hablar de entrega de contratos a discreción. Así como se habla del “mejor alcalde del mundo” (Ebrard) se habla también de la línea 12 del metro.

El gobierno del DF parece querer innovar y colocar a la Ciudad de México en un estadio diferente. Pero el incentivo para hacerlo se diluye cuando sus deseos de poder les hacen echar mano del paternalismo y el clientelismo que no va muy bien con el progresismo europeo y termina en ese conflicto al cual han llegado muchos gobiernos en México y cuya improvisación ha hecho que lleguemos al México de hoy.

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