Aprender a decir “no”. Libérate del yugo represor

19 marzo 2013

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Pongo un caso ficticio, pero que representa lo vivido en mi experiencia: En el ámbito profesional me desespera. Un cliente me busca y pregunta por mis servicios, le elaboro una propuesta de trabajo, me dice que lo va analizar, que le hable la siguiente semana. Le regreso la llamada como pactamos, no lo encuentro; después lo logro encontrar, me dice que están evaluando algunas cosas, luego me dice que está esperando un pago, para que pasado el tiempo me haya dado cuenta que el trabajo que se supone iba a realizar, lo realizara otra empresa. ¿Qué no pueden aprender a decir “no”? De verdad, no nos “agüitamos”, por el contrario, nos ahorran tiempo y esfuerzo. ¿Por qué diablos no sabemos decir no? ¿Por qué una chica no puede decir no a un hombre que no le atrae y busca cortejarla? ¿Por qué tenemos que recurrir a las indirectas, a los eufemismos? ¿Por qué si en una empresa decidieron no contratarme, en lugar de decirme que decidieron no hacerlo, me dan largas? ¿Por qué?

Aprender a decir “no”. Libérate del yugo represor

Creo que tiene que ver con nuestra historia cultural de sometimiento, dónde nuestros antepasados no le podían decir “no” a quienes los oprimían. Pero ¡Hello! Ya pasaron décadas e incluso siglos de eso. Bienvenidos al siglo XXI. No sé si entiendan el desperdicio de tiempo y esfuerzo que generan en la otra persona, con tal, según ustedes, de no “lastimar” a esa otra persona. ¿Qué no la están lastimando más alargando sus expectativas? Salgan de ese canal donde confunden el sometimiento con la educación. ¡Por favor! Cuando uno titubea, trata de ser indirecto, evade, en realidad no lo hace tanto por ser educado, sino porque no quiere pagar el precio, no quiere evitar lastimar a la otra persona, más bien él no quiere correr un riesgo.

No solo eso, esa cultura del sometimiento se hace presente cuando no tenemos la capacidad de recibir cumplidos (de cualquier índole) de los demás, como si no fuéramos merecedores de ello. Típico que nos entregan un regalo, obsequio o premio, y decimos. ¡No, como crees, me da mucha pena! Y nos rehusamos a recibirlo porque nos creemos menos, creemos que no lo merecemos, al punto que pensar otra cosa es una falta de respeto, hay que rebajarse, al cabo somos miserables y no lo merecemos. Qué difícil es aceptar con gusto el regalo, agradecerle a la persona por haberlo entregado y mostrarle estima. El regalo valdrá más cuando la persona que lo recibe lo acepta gustoso. A mí en lo particular se me hace incómodo cuando doy un regalo y me dicen -No, que pena, no-, porque de cierta forma me transfieren ese sentimiento al punto de pensar si fue buena decisión comprar ese regalo. Por el contrario, cuando esa persona lo recibe con gusto, la gratificación es mucho más grande. ¿Y a eso le tienen miedo?

Otra palabrita que no me gusta es el “mande”. De chico yo siempre decía “qué” y me enseñaron que esa palabra denotaba malos modales, que debía usar el “mande”. Y se me hizo normal, pero comencé a reflexionar sobre lo que significaba esa palabra, y es poderosa; porque técnicamente le estás otorgando todo el poder a otra persona. Es como decir “ordéneme lo que usted quiera, y yo lo haré”, como si fuera una relación amo-esclavo. En los países anglosajones que yo recuerde no hay algo así como “command me” (que sería la traducción literal) y en vez de eso tienen el “excuse me” de connotación más moderada, de respeto, pero sin someter la voluntad al otro. Y le sigo con otras expresiones como “ordéneme” y equivalentes. Me dirán que son buenos modales, ¿Pero de dónde salieron esos modales? ¿Por qué se consideran a esas expresiones buenos modales? Entonces uno se da cuenta que ese léxico tiene que ver mucho con la dominación y el sometimiento.

Lo tengo que decir, muchos extranjeros se sienten cómodos en nuestro país debido a la amabilidad con que son recibidos. Pero esa amabilidad en cierta medida es dada por la cultura del sometimiento (no en toda pero si una buena parte). El mesero que se agacha, el personal que le da un trato especial al extranjero por serlo debido a que en calidad mexicano se siente menos. Sí, hay una parte donde el mexicano es de un temperamento más cálido, más fresco, y eso es agradable. Pero está también el mexicano sumiso. Y creo que hay que distinguir entre las buenas maneras, la amabilidad, la cordialidad, y la sumisión y el sometimiento.

Si como ciudadanos queremos aspirar a la libertad, creo que deberíamos de ajustar un poco nuestro léxico que se fue desarrollando más bien en un ambiente de sumisión ante un ente superior, que podía ser el patrón, el político, el rey, el sacerdote. No, no significa de ninguna manera ser groseros con los demás, sino que la amabilidad y el trato cordial no debe de implicar el entregar nuestra voluntad al otro. Y ser amable no significa evadirse para no decir una verdad que puede ser incómoda a otra persona. Y no, y no y no.

 

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