La Dictadura

8 noviembre 2012

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La Dictadura

“¿Cuántos han caído hoy?”, preguntaba el mandatario a su ministro de armada interior mientras, a paso rápido, caminaba por las instalaciones de la televisora nacional hacia el espacio desde acostumbraba  emitir su mensaje mensual. “Treinta y seis” respondía el teniente. El dictador sentía, manteniendo en todo momento una facción inexpresiva.

Con las manos entrelazadas reposando sobre un escritorio de madera que también servía de piso para algunos bolígrafos y escritos varios, el tronco sostenido en una silla metálica recubierta de tela con descansabrazos y la mirada fija al foco de la cámara, estaba el hombre que se había ganado el odio de los países miembros de la Alianza Económica Internacional. “Todo listo, Doctor.”, señalaban algunos del equipo de producción. “Tres, dos, uno…”

“Buenas noches, ciudadanos.

Dos años y cuatro meses, dicen mis opositores, lleva éste pueblo sometido por un régimen de odio. Tienen toda la razón. El amor sólo conduce al sacrificio. El odio, en cambio, no es saciado hasta que se ve de rodillas al enemigo.

Algunos me llaman tirano, otros opresor y los demás usan distintos adjetivos en el mismo sentido. Me considero, sin embargo, un depurador tan estricto como se requiere para hacer de la humana una especie funciona. Los tiempos en que se pensaba que los ideales románticos podían servir de motor para sanear a las sociedades corruptas  han acabado…

Ya son cincuenta y dos las naciones con las que se han roto relaciones diplomáticas y comerciales. El ejército de exterior ha repelido treinta y dos intentos de intervenciones militares extranjeras. El ejército ordinario ha dado muerte a un millón doscientos mil quinientos cuarenta y seis elementos disfuncionales. Se ha interrumpido el embarazo de cuatro millones ciento dos mil setenta y tres mujeres  que ya tenían el máximo de vástagos permitidos…

De muchas cosas dudo, pero no es el caso de las acciones emprendidas en lo que va de mi gobierno. Sean pacientes, ciudadanos, los cambios llegarán“.

Acabados los discursos del gobernante se reproducía el himno del régimen, compuesto por músicos fieles a la administración. “El suelo de carmesí se teñirá”, decía el primer verso.

Interesante era que aun sin transmitirse en cadena nacional los mensajes del mandatario siempre contaban con gran audiencia. Quizás los habitantes de la nación ansiaban escuchar del dictador que las milicias extranjeras habían triunfado. Claro que, sabiendo cómo aquel sujeto dio un sólido golpe de estado con apenas cientos de hombres y sin tener rango alguno en el ejército, esa posibilidad era lejana.

Conforme los días pasaban el recuerdo de la democracia se diluía en las mentes de los gobernados. “Esto es barbarie” se quejaban muchos durante las comidas en familia. Pero había quienes iban algo más allá de quejidos ocasionales intranscendentes.

“El odio, dice el sinvergüenza, es  lo más fuerte que hay”, comentaba uno de los dirigentes del Frente Libertador Insurgente en la reunión extraordinaria a la que convocó a sus allegados, “pues bien, hay que demostrarle que tanta razón tiene. En una semana  nos empezamos a mover…” Era la madrugada de un sábado de Octubre cuando en un sótano de una casa en la zona sur de la capital algo se empezaba a gestar.

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