¿Por qué dejé la religión?

2 marzo 2012

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Muchos con afán de criticar las posturas ideológicas de las personas, argullen a su pasado, a sus traumas, a las condiciones que vivieron en la niñez; como una forma de demostrar que “no tienen razón”. Pero es que en realidad nuestras ideologías están basadas en la forma en que percibimos el mundo y como nuestro historial personal de vida nos dijo que las cosas eran, como eran. Claro, para perfeccionar o pulir nuestros ideales algunos buscamos información externa como libros, experiencias de otras personas etcétera. Así, el camino de mi vida hizo que decidiera dejar la religión como una forma de vida. No soy antipático ante ella, y si bien critico sus incongruencias o los a veces intentos de imposición por parte de algunas instituciones religiosas, no tengo nada en contra de que las personas practiquen su religión. Creo que buscar acabar con la religión (algo técnicamente imposible, por que es parte de la cultura humana universal) es algo tan intolerante y dogmático como aquellos que buscan imponer la religión a los demás. El no ser religioso no hace que deje de admirar la arquitectura religiosa, la música sacra, o bien, el apoyo a sectores vulnerables que estos brindan. Es cierto, existen sacerdotes pederastas y también intereses de poder dentro de las instituciones, pero también existen gente que desde su fe busca ayudar a las comunidades.

Es precisamente esa palabra “fe” la que rompe cualquier relación entre mi persona y la religión. A lo contrario de lo que muchos piensan, prácticamente toda mi educación la hice en instituciones de vocación religiosa, tuve clases de catecismo, religión, en la primaria todos los días se rezaba el Padre Nuestro, el Ave María y el Angelus. Pero algo hizo que esa fe se fuera perdiendo, e hizo que la religión no fuera para mí esa solución que para muchos si es. Para empezar, en la primaria conocí la doble moral. La escuela donde estaba era una institución ligada al Opus Dei (una de las ramas más ortodoxas de la Iglesia Católica), recuerdo que cuando era chico los niños me molestaban (lo que ahora llaman Bullying) y la escuela no hacía nada para evitarlo (y en realidad creo era más responsable la escuela que los niños que por su edad no logran medir el tamaño de sus actos), en mi casa mis padres decían que tenía que aprender a defenderme, y así lo intenté, aunque era en realidad un chico debilucho. Debido a la displicencia de los maestros, me convertí en un alumno rebelde, y eso en una escuela donde se exaltaba la hombría (por eso es que toleraban el bullying), la rebeldía por su parte era muy mal vista. En toda la primaria solo suspendieron una vez a un alumno por haberse metido conmigo, y por el contrario, a mi me suspendieron varias veces por rebelarme, por dar portones porque los maestros no me ponían atención o por salirme de clases como una forma de mostrar mi indignación.

Ahí fue donde conocí la doble moral (aún sin conocer ese término), la única vez que suspendieron a un “pendenciero” fue cuando descubrí que cuando este me molestaba tenía un pendiente (arete) en su oreja. Reporté ese hecho ante los maestros y recibió suspención inmediata. En cualquier otro caso nunca lo hubieran suspendido. A mi me llegaron a suspender por contar a un compañero en quinto de primaria que los papás para tener hijos debían friccionar el pene con la vagina varias veces. Aprendí que para muchos conservadores, el sexo era pecado, la rebeldía era pecado (ya no digamos la homosexualidad), pero el atentar contra la integridad de otras personas no lo era tanto. Y en ese tiempo curiosamente yo era bastante apegado a la religión, iba a misa todos los domingos y ponía atención a las lecturas y a los sermones los cuales siempre me interesaban. Después de comulgar, pedía a Dios entre otras cosas que dejara de ser víctima de los ataques de los otros niños, pedía otras cosas. Algunas “se daban” y otras no, pero poco a poco empece a caer en cuenta que no existía una fuerza superior que modificara la dinámica de las cosas. Si no que era más bien cuestión de azar y de las circunstancias. Podía pedir que mi abuelo por un ejemplo no se muriera de cáncer, y a veces se lograba y este se reponía. Pero a veces llegábamos a pedir por la salud de otra persona y lamentablemente fallecía.

Cuando me cambié de escuela me empecé a dar cuenta que tenía que cambiar mi actitud, empecé a ir con un terapeuta, empezó a analizar mis miedos mis traumas y fue cuando decidí que no debía estar a la merced de las circunstancias, sino que debía de cambiarlas. Nadie me dijo que me alejara de la religión, ni mi terapeuta, ni mis amigos y en ese tiempo casi no leía o veía algo que pudiera influir en mi decisión, fue una decisión totalmente personal. Me di cuenta que al cambiar mi actitud, entonces obtenía resultados diferentes, cosa que no sucedía cuando iba a pedir a Dios que me ayudara en X o Y asunto. Entonces empecé a ver a la religión más como un placebo que como otra cosa. Recuerdo muy bien la decisión de separarme de la religión, una vez estaba en la playa en un camastro y me puse a reflexionar, si pido cosas a Dios y no noto diferencia alguna ¿Entonces será cierto que convirtió el agua en vino? ¿Qué resucitó para salvarnos? ¿Qué abrio las aguas del mar?. Me di cuenta que la religión no funcionaba para mi, y decidí de dejar de asistir a misa (si lo hacía era para acompañar a mis papás, precisamente para que se sintieran acompañados). Vi que lo que funcionaba era que tenía que esforzarme para lograr mis objetivos, que estaba de más si iba a la Iglesia a pedir, que más que fe en un ente superior debía tener fe en mí mismo.

Es cierto que muchas veces los adolescentes por cuestiones de su edad viven un tiempo proclamándose ateos y luego retoman sus creencias al llegar a la adultez. Pero conmigo no sucedió así, era una convicción genuina. Es cierto que al desprenderme dejaba de lado ese confort que a veces proporcionan las instituciones religiosas con códigos morales rígidos y bien establecidos. Pero por otro lado me atraía el libre pensamiento y el poder formar una escala de valores morales de acuerdo a un criterio propio, que al contrario que muchos piensan el buscar una verdad por tus propios esfuerzos es más difícil y a veces doloroso. Claro, no puedo negar que mi escala de valores sea totalmente ajena a la religión, al estar tanto tiempo tan expuesto a ella seguramente quedaron reminiscencias religiosas dentro de mi orden moral.

Posteriormente alguna vez he tratado de plantearme la posibilidad de darle una oportunidad a la religión, pero termina reafirmando más los motivos por los cuales las dejé. Hace unos años en una etapa difícil de mi vida fui a un retiro espiritual. Cumplí con el reto, porque varias veces pensé seriamente en salir y escaparme pero dejé darles la oportunidad, en un mes, volví a estar donde estaba antes de ir al retiro. Un año después, después de un conflicto muy fuerte con una mujer que le tenía mucho afecto y que en ese entonces me atraía demasiado, que me metió en una especie de depresión (de esas que no duran más de dos días pero que son muy dolorosas), a consejo de un amigo fui a la Iglesia que estaba enfrente de mi casa (que estaba vacía en ese entonces). Se me salieron las lágrimas y exploté en llanto. Una señora religiosa me trató de consolar, trató de hacerme sentir en paz, y por algún momento pensé -¡hey, esto está funcionando!-, recuerdo que al regresar, le hablé a la mujer en cuestión esperando que se solucionaran las cosas, y resultó todo lo contrario, nos dejamos de hablar por un buen tiempo. Eso hace más de dos años. Afortunadamente esa chica y yo somos actualmente buenos amigos, y esa amistad que alguna vez creí perdida se recuperó, no por estar yendo constantemente a misa a pedir, sino que me esforcé por recuperar esa amistad.

A veces incluso envidio (envidia de la buena) a la gente que siente una satisfacción al arroparse a la religión. Pero eso implica en tener fe, en tener fe en algo que no tengo ninguna prueba de que exista, y que no he visto algún rastro de su existencia. En lo particular creo que si existe un ser superior, que hay algo más allá, pero creo que el conocimiento acumulado de la humanidad nos pone en una posición bastante lejana para saber a ciencia cierta como es eso. Yo solo se que si quiero buscar la felicidad tengo que esforzarme por conseguirla, que vida solo hay una, y lo mejor es usar métodos prácticos y que funcionen.

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