Después del huracán

18 octubre 2011

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Fue el martes cuando entró Jova a Colima. Después de haber bajado de categoría 4 a 2 y de desviarse ligeramente hacia el norte, los colimenses esperábamos que su llegada a Colima fuera relativamente pacífica. Se podían prever vientos y lluvia, por supuesto, aumento del caudal en los ríos y fuertes marejadas, pero la realidad fue muy distinta.

Por encontrarme fuera del estado no me tocó vivir en persona la pesadilla del martes, pero pronto pude darme cuenta de la situación que imperaba en Colima gracias a las fotografías, videos y reportes con los que se iban actualizando las redes sociales. Fue impresionante ver la cantidad de agua chocolatosa que corría por las calles; el mar embravecido golpeando furioso las paredes de los restaurantes; carreteras cubiertas de escombros por los derrumbes, o trozos desaparecidos en algunas rutas; puentes destruidos y autos sumergidos. Un desastre absoluto.

La destrucción fue más visible al día siguiente, cuando el agua comenzó a ceder dejando al descubierto la magnitud de la misma y los números de damnificados comenzaron a ascender exponencialmente, en lo que seguramente es el mayor desastre que ha vivido esta entidad desde el terremoto de 2003.

La naturaleza es cambiante y caprichosa, a la cual toda la humanidad está expuesta, pero no es completamente impredecible, menos con la tecnología con la que contamos actualmente. Cada localidad tiene sus propias plagas que la golpean consecutivamente; en Colima las dos fuerzas mayores a las que somos susceptibles son los sismos y huracanes. La lógica diría entonces que cada edificación debería de adecuarse a estas circunstancias para que los daños sufridos sean menos y mínimos. Pero aunque la madre naturaleza opera con cierta lógica, nuestras autoridades no lo hacen, cayendo en un desdén negligente que pone en peligro a la ciudadanía entera.

Un ejemplo es el de los puentes. No es explicable y menos justificable que éstos estuvieran sucios y obstruidos en plena temporada de lluvias y de ciclones, ni que la construcción del desaparecido paso en avenida De los Maestros se hubiera programado para esta época. ¿Por qué no levantarlo durante el tiempo de secas? Se podrán dar y fabricar versiones diciendo que esta edificación ayudó a que la Clínica del IMSS no se inundara, y muchas más para evitar la queja social, pero si en realidad este paso apenas se estaba construyendo ¿cómo entonces disminuyó los efectos del huracán?

Claro que no todo pudo ser evitado, sería injusto querer afirmar esto, pero aquellas situaciones que sí pudieron serlo y no fueron impedidas hablan del egoísmo de nuestros representantes populares, quienes por centrarse en sus carreras políticas aprueban obras públicas sin un riguroso estudio previo, o por estar atendiendo asuntos personales descuidan a una población entera en vísperas de un importante fenómeno natural.

Puedo entender la alegría que significa la llegada de un nuevo integrante a la familia, pero no me cabe en la cabeza que un mandatario (ojo con la palabra, significa que trabaja para la ciudadanía) se desaparezca por varios días cuando había dos huracanes viajando en dirección a nuestras costas. No sé cuánto duró el parto de su hija, pero segura estoy de que fueron sólo horas, sin embargo, el gobernador se ausentó durante varios días, descuidando además un compromiso local y otro nacional. Me cuesta trabajo enternecerme con la venida de su nieto cuando existen tantas familias que lo perdieron todo, lo cual pudo haberse evitado.

No me trago tampoco el irónico llamado a no lucrar políticamente con esta tragedia, cuando esto se ha convertido ya en una tradición en México de parte de todos los políticos. ¡Vaya!, me parece que quienes insisten en ello ni siquiera reconocen lo que significa, pues desde siempre, cada declaración, cada acción, las hacen desde la bandera de un partido político, desde un nombre, desde una fotografía. Las ansias por permanecer en el poder siguen siendo más grandes que la empatía que puedan sentir por sus votantes.

Quien en verdad parece no haber tenido intenciones de lucrar con el dolor ajeno fue el presidente Felipe Calderón, a quien le tomó varios días el decidirse a venir a dar su apoyo a las personas afectadas, pero estuvo puntual en la inauguración de los Juegos Panamericanos, en una ciudad a tan sólo un par de horas de la nuestra. Sus prioridades quedaron ahí claras; de cualquier forma, Colima sólo representa una ínfima cantidad de votos.

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